sábado, 28 de abril de 2012

La crisis económica del año 33

No hay nada nuevo bajo el sol. El año 33, en que Jesucristo fue crucificado, se corresponde con lo que el historiador Tácito describió como el del "crash" económico romano, que puso fin a una larga etapa inflacionista. Podemos describir brevemente la situación diciendo que desde hacía medio siglo, y a pesar de vivir en ambiente de guerra civil continua, el nivel de vida de los ciudadanos romanos aumentó considerablemente, debido principalmente a la expansión de las fronteras y a la llegada continua de oro y plata de los lugares recientemente conquistados. Como consecuencia de esta bonanza económica, los precios del mercado inmobiliario se dispararon en Roma y sus habitantes se endeudaron por encima de sus posibilidades. Quienes querían hacer carrera política solicitaban préstamos para comprar viviendas suntuosas y organizar espectáculos de gladiadores que les dieran prestigio y la simpatía de la plebe. Esa burbuja económica y social se había generado durante el reinado de Augusto, una era de prosperidad (la llamada "pax romana") durante la cual bajaron los tipos de interés y la capital del Imperio creció hasta tener un millón de habitantes.

Muchos romanos ricos invertían en casas de pisos, que alquilaban. La riqueza clásica de los romanos había sido la posesión de la tierra, pero con el crecimiento masivo de Roma, se dieron cuenta que el rendimiento de las fincas urbanas era mucho más elevado que el de las propiedades en el campo. Roma se llenó de casas de pisos, alquiladas a precios desorbitados a sus inquilinos, que vivían en condiciones miserables. El gran peligro era que su mantenimiento era muy defectuoso, y que, para poder pagar el alquiler, los inquilinos debían realquilar habitaciones, con la consiguiente aglomeración, lo que facilitaba los incendios. Un incendio, además de las desgracias personales, era una pérdida económica muy importante para el propietario, por lo que quería sacar el máximo provecho en el menor tiempo posible.

La crisis del año 33 fue un crack económico en toda regla. Todo comenzó bajo el reinado de Tiberio, sucesor de Octavio Augusto, con una gran protesta pública contra los prestamistas que practicaban la usura, con unos intereses demasiado elevados, y que obtenían ganancias superiores a las permitidas por la ley. Esta ley, que databa de los tiempos de Julio César, fijaba límites a los tipos de interés que se podían cobrar y obligaba a invertir los beneficios en la Península Itálica. El colapso se produjo cuando Tiberio exigió a los banqueros de la época que pusieran sus cuentas en orden, tal como estipulaba esta ley, que había sido ignorada durante años. Para reorganizar sus libros, los financieros pidieron una moratoria de dieciocho meses, que obtuvieron y, mientras tanto, empezaron a reclamar la devolución de los préstamos que habían concedido, dejando, al mismo tiempo, de aprobar nuevos créditos.

Es decir, ante el apresuramiento del estado, los usureros quisieron ejecutar rápidamente los créditos que tenían pendientes, provocando el colapso del sistema financiero. El nivel de deuda de muchos ciudadanos era tal que sólo podían hacerle frente vendiendo propiedades. Y eso fue lo que ocurrió: las ventas fueron tan masivas que provocaron el hundimiento de los precios. En otras palabras, el nivel de deuda era tan alarmante que al querer aplicar la ley se produjo una gran deflación de precios, primero en los bienes inmuebles y que luego se extendió a la vida cotidiana, por partida doble: al aumentar la oferta de tierras y casas sus precios bajaron y lo arrastraron todo con ellos, y además los prestamistas acumularon gran parte de la moneda que había en circulación. El comercio y la industria se quedaron sin liquidez porque los bancos se dedicaron a acumular moneda para cuadrar sus balances. Por si fuera poco, el trabajo de estos banqueros se volvió enormemente difícil, ya que tenían que lidiar con los impositores que intentaban retirar sus fondos para satisfacer a los acreedores. Muchos banqueros cerraron la "ventanilla" debido a las masivas peticiones de reembolsos y pidieron ayuda a otros colegas para salir del trance. El pánico se propagó por todo el sistema, y
​​no se libraron de él ni los prestamistas más poderosos. Una cadena de quiebras recorrió el Imperio, desde Roma hasta Alejandría, pasando por Lyon, Cartago y Bizancio. Aunque no existía Internet, el mundo antiguo estaba conectado entre sí al igual que el moderno y trataba desesperadamente de "desapalancarse", como dirían los economistas actuales.

Según el historiador Tácito, la solución del emperador Tiberio fue prestar dinero "del estado" sin interés, una medida excepcional para paliar la falta de liquidez del sistema. Enfrentado al mismo drama al que nos enfrentamos hoy, Tiberio decidió inundar el mercado con un millón de piezas de oro de su propio patrimonio para que los bancos prestaran dinero a tres años, a muy bajo interés, y así poder paliar la falta de liquidez. Pero, a diferencia de lo que ha sucedido en la crisis actual, el dinero no salió del tesoro público (es decir, de los impuestos), sino que se confiscaron tierras y bienes de los enemigos políticos de Tiberio. Entre ellos, de Sexto Mario, un magnate a quien Tácito describe como el hombre más rico de Hispania. Dueño de minas de oro en "Mons Marianus", la región que hoy se conoce como Sierra Morena, aquel potentado fue acusado de incesto y luego ejecutado, junto con su hija, por el implacable procedimiento que Roma reservaba a los traidores: los despeñaron desde la Roca Tarpeya, un pronunciado desnivel situado en el Monte Capitolino.

El periodista e historiador Indro Montanelli sostiene en su "Historia de Roma", que la política de Tiberio "sirvió para revigorizar la economía, descongelar el crédito y devolver la confianza".

La fórmula empleada por el emperador Tiberio para aumentar los ingresos del estado sin aumentar los impuestos es sugerente. Si encontráramos la Roca Tarpeya del siglo XXI podríamos pensar en utilizarla para los que se han autoconcedido sobresueldos millonarios en los bancos y cajas que arruinaron y que debieron ser reflotados por el estado, para los que esconden sus fortunas en los paraísos fiscales y para los que se han hecho millonarios con la especulación.

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